El sistema operativo para restaurantes modernos. Ventas, cocina, inventario, compras y finanzas en un solo flujo.
Sin instalar nada y sin tarjeta. 30 días de prueba; te suscribes cuando quieras.
Cada sección de la operación deja de ser una isla. Una venta mueve el inventario, el inventario dispara la compra, la compra ajusta el costo y el costo explica el margen.
Se nota en lo pequeño: acomodas el menú una vez y sale en ese orden en todas las pantallas que lo muestran —la comanda del mesero, el quiosco, la caja, la tableta sin conexión, la tele del mostrador y el WhatsApp—, sin ir a acomodarlo seis veces.
Hola, ¿tienen alitas hoy? Quiero dos órdenes para recoger a las 8.
Sí. Dos órdenes de alitas buffalo, $438. ¿Le agrego papas? Te paso la liga para pagar y a las 8 lo tienes listo.
El WhatsApp de tu sucursal, contestando solo
Casi ningún sistema del mercado aguanta sin internet, y los que aguantan te ponen un reloj en contra. Aquí la caída de la red es un rato incómodo, no el fin del servicio.
La app de iPad y iPhone captura, cobra en efectivo y registra lo que se pagó en la terminal bancaria aunque no haya señal. Sin límite de horas.
Cada cuenta sube completa y una sola vez, aunque se reintente. Si nadie había abierto turno, el servidor lo abre: si ya vendías, el turno hacía falta.
Se deja a deber con PIN de mando y queda a nombre de quien debe, con un folio corto que se dicta por teléfono. Al saldar, se le acreditan sus puntos.
Cada cuenta cerrada nace con su ticket fiscal. El comensal escanea el QR impreso y se factura solo, desde su teléfono y cuando quiera: sin la fila esperando mientras alguien teclea un RFC, sin datos mandados por WhatsApp y sin volver al día siguiente.
El ticket lleva el código y la clave. El comensal entra, captura sus datos una vez y quedan guardados para la próxima.
El IVA se desglosa por artículo y la factura sale del mismo total del ticket, no de una división que redondea al final.
De madrugada, una por periodo y si quieres separada por forma de pago. Si algo falla, te lo marca en rojo en vez de dejarlo pasar.
Facturapi, SW Sapien o Finkok. Si ya tienes contrato con uno, se usa el tuyo; si no, no tienes que ir a conseguirlo.
Desde mayo de 2026 el registro de jornada es obligatorio, con multa por trabajador. FLUX lo vuelve ventaja: la checada queda firmada por tu gente, la prenómina se calcula sola y el horario de la semana se arma viendo lo que vendes a cada hora.
Corregir agrega, nunca borra, y cada corrección lleva el acuse del trabajador — la forma que la ley pide para que tu registro haga prueba.
Ves la cobertura de cada hora contra la venta de esa hora, y las reglas de la jornada se validan mientras armas la semana, no cuando ya es multa.
Si alguien va a pasarse con la semana tal como está programada, lo sabes hoy y mueves el turno — no te enteras en el pago.
Por horas trabajadas y hasta la prenómina de cada quien; la casa no toma nada y los centavos del redondeo se le dan a alguien.
La venta la ves en vivo; el resultado necesita lo demás: la renta, la luz, la nómina completa. FLUX arma el estado de resultados del mes con renglones que siempre suman en el mismo lugar, para comparar meses y sucursales sin trampas.
Renta, servicios y contratos se dan de alta una vez y cada mes aparecen donde van, con su CFDI colgado.
No solo lo que entregas: IMSS, INFONAVIT e impuesto sobre nómina. Sin eso, el costo de tu gente sale corto hasta una tercera parte.
Cada renglón contra lo que planeaste, con el desvío marcado — y la vista lista para tu contador.
Un tablero del servicio en vivo: la venta del día contra tu día típico, la cocina que se atrasa y lo que falta por cobrar — para verlo del teléfono sin pararte de la mesa.
Fumigación, extintores, gas, licencias: el calendario avisa antes de que venza y guarda la constancia de cada una.
Se lo pides a FLUX y él propone ingredientes y sub-recetas, los mapea contra tu catálogo, los costea y marca lo estimado hasta que llegue tu primera compra real.
Conectas tu cadena a Claude y le preguntas como le preguntarías a tu contador. Te contesta con los datos de hoy: cuánto vendió cada sucursal, qué platillos salieron más y a qué hora se llenó.
La conexión se llama MCP y es el cable estándar entre un asistente y un programa: el mismo enchufe para todos. Lo conectas tú, a propósito y con tu llave —tu operación no queda expuesta a nadie que ande buscando.
¿Cómo estuvo la venta de ayer en mis dos sucursales?
Centro cerró en $18,420 y Norte en $12,150. Lo que más salió fueron las costillas BBQ, y la hora pico de las dos fue de 9 a 10 de la noche.
Claude, conectado a tu cadenaCada sucursal maneja su menú, sus precios y lo que hoy se acabó. Los costos viven a nivel cadena y el dueño ve todo junto, aunque sean varias marcas.
Y el comensal también es de la cadena: se identifica con su celular, acumula puntos en una sucursal, los canjea en otra y los consulta en su propio portal.
El mismo catálogo, con el precio y la carta que cada local necesita.
Apagar un platillo en una sucursal no lo apaga en las demás.
Ventas, costos y tiempos de todas tus sucursales en una sola tabla.
Varias marcas distintas sumadas en un solo reporte de rendimiento.
El quiosco, la caja, la tableta del mesero, tu página de pedidos y la pantalla de menú detrás del mostrador venden y anuncian exactamente lo mismo: el mismo menú, los mismos precios, las mismas promociones y el mismo cobro. Lo único que cambia es cómo se ve. Y eso ahora lo decides tú.
A un lado los colores, la letra y los bloques; al otro tu quiosco de verdad, con tu menú de hoy. No es una maqueta que se parece: es la pantalla.
La tableta de la entrada con la carta oscura, la del salón con la vitrina clara, y la caja con filas apretadas para quien captura todo el día. Por sucursal, por terminal y hasta por horario: desayunos y cena no se parecen.
Diseñas en un borrador y publicas cuando está listo; la pantalla en servicio nunca se ve a medio pintar. Si en la pantalla del local no quedó como en tu monitor, vuelves a la anterior con un botón.
Le enseñas tu logotipo y FLUX te propone colores y letra que van con tu casa, explicándote por qué. Lo aceptas, lo afinas o lo ignoras: es una sugerencia, no una imposición.
Cada venta guarda con qué cara se hizo. Al mes puedes comparar cuánto vendió cada una y con qué ticket promedio, en vez de cambiar de tema por corazonada.
Vienen dos puestas de fábrica —vitrina clara y carta oscura— y de ahí clonas la tuya. Si no tocas nada, todo sigue viéndose como el primer día.
Los puntos son el principio. Encima corren los peldaños, los sellos, la tarjeta de regalo, las campañas a un grupo concreto —los que no vienen desde marzo y pedían pizza— y los avisos que salen solos: el cumpleaños, los puntos por vencer, el que dejó de venir.
Los niveles del club suben con el consumo o con las visitas, y cada peldaño da lo que tú decidas: más puntos por peso, descuento permanente o promociones que solo ve él.
Se le pregunta una hora después de pagar, ya en su casa. Si calificó bien, se le pasa la liga de reseña de su sucursal; si calificó mal, el aviso va al gerente. Y como la pregunta cuelga de los platillos de esa visita, sabes cuál falló.
Se agrega a la cartera de Apple o de Google, con su código de barras. Sin plástico que se pierde ni una app más que nadie quiere instalar.
El premio del recomendado se paga cuando el invitado paga su primera cuenta, no cuando se registra. Con tope al mes y sin auto-invitaciones.
Eventos, banquetes y catering con el mismo sistema que ya cocina. El menú del evento se arma con tus platillos de verdad: el costo sale de su receta y el precio, del margen que quieras dejar. Cuando el cliente firma, la cocina y las compras se enteran solas.
Dices cuánto quieres dejar y el sistema pone los precios. Pides 70% de margen y son 70% — no el 41% que sale de multiplicar el costo por 1.7, que es como se cotiza cuando se hace de memoria.
Apartado, anticipos y liquidación, cada uno con su fecha. El cliente paga desde su teléfono con la liga que le mandas por WhatsApp, y el apartado es el que bloquea esa fecha: nadie más te la puede vender.
Al confirmarse, el evento entra al plan de producción de ese día y las compras dejan de adivinar: piden para el banquete, no para un martes cualquiera. Y la hoja con las cantidades ya multiplicadas se imprime para pegarla en la pared.
Lo que de verdad salió del almacén contra lo que prometiste al cotizar. Si el evento se vendió al 65% y salió al 48%, lo ves — y el siguiente lo cotizas mejor.
Sirve igual si rentas tu salón, si sales a la casa del cliente —con su lista de lo que sube a la camioneta, que es donde se pierden los eventos— o si eres un hotel con varios salones el mismo día.
Tu salón como es, no una cuadrícula genérica.
Sin usuario, sin contraseña, sin teclado.
El corredor sabe de quién es cada plato.
La entrada sale cuando la mesa está lista, no antes.
Cada cuenta guarda el porcentaje que pagó ese día.
Ves dónde está más barato y das de alta esa tienda como proveedor en un clic.
Con lo estimado marcado hasta que llegue la compra.
El aviso llega solo, sin que nadie recargue nada.
La tableta no se detiene y después cuadra sola.
Toma el pedido y manda la liga de pago.
Se definen una vez para la cadena y cada local decide si corren en su casa.
Lo único que se compra y se vende igual: entra al inventario y sale en el menú.
Juntas dos cuentas y el banco sigue ocupado; recepción lo ve.
El PIN sabe quién eres: el mesero cae en sus mesas y la dueña en sus números.
Con su liga, desde el teléfono. Acepta ahí mismo y queda la hora.
Qué comida sube, qué se remata allá y los chafers que siempre se olvidan.
La misma pantalla del quiosco, en el teléfono del cliente y sin comisión.
La vista previa es la pantalla de verdad, con tu menú de hoy.
Chico, mediano y grande con UNA receta que escala; el costo y el inventario siguen solos.
Cualquier pantalla con navegador se vuelve tu menú: un código de seis dígitos y cambia sola de desayunos a cena.
Es el sistema completo con un restaurante de ejemplo. Al entrar te pide un PIN, y ahí mismo un botón de ayuda te dice cuál usar según lo que quieras ver.
Todos los módulos incluidos, sin límite de terminales ni de usuarios. Un restaurante con una sucursal paga $1,500 + IVA. Empiezas con 30 días gratis y te suscribes cuando quieras; cancelas cuando quieras y sigues operando hasta el fin del periodo pagado.